Buenos y hermosos días
Hay una frase común que nos dice que “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Las pérdidas en la vida siempre nos llevan a pensar en un antes y un después. El evaluar aquello que perdimos usualmente nos hace reconocerlo y valorarlo mucho más que cuando era parte de nuestra vida. El encarecer o aumentar el valor de algo, sin embargo, nos puede llevar a idealizarlo. Por tal razón es importante saber valorar, pero no idealizar lo ausente luego de una pérdida significativa en nuestras vidas.
Asociamos las acciones de idealizar y valorar con reconocimientos, virtudes y precios. Sus definiciones se parecen y se entremezclan. Valoramos cuando reconocemos, apreciamos o estimamos el precio, el mérito o el valor de alguien o algo. Por otra parte, idealizamos cuando elevamos las cosas o las personas sobre la realidad, ya sea por medio de la fantasía o de la inteligencia.
Pasamos gran parte de nuestras vidas comparando e idealizando todo y a todos a nuestro alrededor. Muchas veces engrandecemos en nuestras mentes los sucesos y las personas por encima de lo real. Cada persona percibe, recibe y cataloga lo que pasa a su alrededor de distintas maneras.
Tener ideales en la vida puede ser algo bueno y deseado. No está mal pensar y desear por todo lo alto y esforzarse en lograrlo. El problema comienza a surgir cuando dejamos de ser objetivos y solo vemos un lado, positivo y fantástico, de las cosas o personas.
Frecuentemente escuchamos elogios y cosas buenas de las personas que mueren a nuestro alrededor. Las referencias de los difuntos suelen ser positivas: “era el mejor hijo del mundo”; “era una mujer y madre ejemplar y fuera de liga”; “se nos fue un angelito al cielo”; “tenía un gran futuro adelante”; “era tan inteligente y trabajador”; “era un pilar en su comunidad”;” nunca tuvo un no para mí”; “era la mejor persona que he conocido en mi vida”. Pienso que es natural y normal que en los rituales de despedidas y funerales se resalten las cualidades positivas de los difuntos. Compartimos en comunidad todas aquellas anécdotas y cualidades que nos recuerdan al ser humano que acaba de partir de este plano físico para siempre.
Cada persona o doliente en su proceso de duelo pasa por diferentes etapas. Es posible que algunas características del difunto se valoren de manera algo exagerada o se idealicen de manera temporal durante el proceso del duelo. Eso es una parte normal del proceso interno de reajustes del doliente luego de la reciente pérdida por la muerte de un ser querido. Sin embargo, es importante que el doliente logre con el pasar del tiempo valorar en su justa perspectiva su relación real, y no idealizada, con el muerto. Tiene que reconocer todo “lo bueno y lo malo” del difunto, sus características, su legado, sus aciertos y sus errores.
El doliente que permanece idealizando todo lo relacionado con el ser amado ausente corre el riesgo de no completar su duelo y elaborar su dolor. El idealizar puede ser una manera de permanecer en etapas de negación, sufrimiento o depresión. Las virtudes reales de la persona ausente deben ser la base de nuestro amor y recuerdo de ellos.
Muchas veces dejamos sin grandes cambios, o casi intactos por muchos meses o años, los espacios, las habitaciones, los guardarropas, los baúles y las cosas materiales del ausente, tal y como estaban previo a la pérdida. Querer mantener algunos recuerdos materiales del ser querido ausente no es necesariamente malo ni perjudicial. Sin embargo, el doliente debe reconocer las verdaderas razones para tal comportamiento de apego material. Lo importante es aceptar una realidad de partida física del ser amado que no tiene marcha atrás y que aferrarse al pasado prolonga el sufrimiento.
Todos los días surgen eventos que cambian un mundo conocido y seguro y nos arrojan en nuevas realidades desconocidas. Nuestros seres queridos partirán en algún momento de nuestras rutinas o harán su transición final de vida. Mas allá de idealismos exagerados, valoremos la vida de nuestros seres queridos ausentes hoy y siempre.
2 comentarios
Bueno, desde la muerte de mi abuela en 1988 y la de mi madre en 1997 habían surgido eventos que me llevaron a una depresión abismal. La muerte de mi madre significó para mí el acabose, bueno, era lo que yo creía y percibía desde mi dolor.
Con 27 años de edad, soltero aun y dependiente de los cuidados propios de mamá, yo sentí que se me caía el mundo tras la muerte de mi madre. Pero fueron solo tres meses de una ilusión negativa que bastó ese gran criterio que como ser humano poseo y la ayuda si, muy oportuna de un gran amigo que siempre estuvo allí hablandome claro desde lo real y no desde el consuelo, que logre superar aquel impacto que causó la partida del ser más importante que para entonces, creí tener.
Hoy, con tres hijos, de 12, 18 y 20 años respectivamente, mi madre seguirá siendo el recuerdo del ser que para aquel entonces representaba la importancia en mi vida, solo que teniendo conciencia previa del valor de ser padre, creo que el evento desgarrador de la partida de mamá, significó el hecho de ser un padre orgulloso de sus hijos y obviamente de la mamá de esos hijos, aunque hoy seamos ex, pero que compartimos esas tres bendiciones y por supuesto una cordial relación de adultos sensatos
Gracias David por compartir parte de tu historia. Reconozco que lograste salir de tu duelo y depresión y ajustarte a un mundo sin la presencia física de tu mama, a quien la mantienes siempre en tus memorias. Un abrazo desde Puerto Rico.