Aceptación no es lo mismo que resignación

Buenos y hermosos días

La vida nos traerá infinidad de cambios y eventos que nunca pedimos ni deseamos tener. Nos llegarán en paracaídas múltiples pérdidas, muertes, sufrimientos y situaciones difíciles sin nuestro permiso ni aprobación. Muchas veces tendremos que resignarnos y aceptar la realidad y el impacto de un algo que no podemos cambiar. Entonces, ¿la resignación y la aceptación son lo mismo? Veamos.

Las palabras aceptación y resignación tienen definiciones algo similares. Según la Real Academia Española (RAE), aceptación implica la acción y efecto de aceptar, de aprobar, de recibir voluntariamente y sin oposición, de dar por bueno o de asumir resignadamente un sacrificio, molestia o privación. La resignación es definida como una tolerancia y conformidad en las adversidades y una entrega voluntaria que alguien hace de sí mismo al ponerse en las manos y voluntad de otra persona. Aunque ambos términos nos hablan de un recibir o de un entregarse voluntariamente, pienso que ambas palabras conllevan procesos diferentes.  

La etapa final de las distintas fases del manejo de duelo descritas por la Doctora Elizabeth Kübler-Ross es la etapa de la aceptación. Kübler-Ross, quien se reconoce como la madre de la tanatología, nos habla de las 5 etapas que normalmente recorre un moribundo y que también le aplican a sus familiares y amigos en sus duelos. La aceptación para el paciente con una enfermedad en etapa terminal surge cuando reconoce y acepta la realidad de la cercana muerte y logra la paz interna con dicha realidad. En el duelo, surge cuando se logra seguir viviendo en un mundo sin el ser querido, aceptando su muerte, reconociendo que está bien rehacer la vida y buscando un nuevo bienestar. La aceptación no es una etapa necesariamente feliz en relación con el proceso del duelo, sino más bien es una fase de menos intensidad en los sentimientos y el dolor de la pérdida.

La aceptación, para mí, implica una apertura para ver la realidad con sus sucesos y eventos como son y no como queremos que sean. Conlleva analizar las opciones y las posibles alternativas para poder seguir caminando cada día en las “buenas” y en las “no tan buenas”. La aceptación es un proceso activo que llega de la suma de muchas reflexiones, evaluaciones, acciones, emociones y aprendizajes y que nos permite vivir con mayor serenidad. Al aceptar ese hecho o evento difícil en nuestras vidas, logramos finalmente pasar la página y seguir adelante, aunque no estemos de acuerdo con lo sucedido.

La resignación puede resultar útil en ocasiones luego de una noticia devastadora pues nos sirve como apoyo temporal y mecanismo de defensa cuando el dolor es demasiado fuerte. Sin embargo, yo veo  la resignación como una actitud muy pasiva ante la adversidad. Un cruzarse de brazos ante lo misterioso, desconocido, doloroso e incomprensible de la vida, las personas, el destino y la naturaleza. Resulta más cómodo resignarse y “tirar la toalla” ante las dificultades que luchar, intentar, frustrarse, decepcionarse y aprender de ellas. 

Aunque el resultado sea el mismo en algunas ocasiones adversas en las que tengamos que rendirnos ante una pérdida o una desgracia, la actitud y el camino a seguir en nuestras reacciones pueden ser bien diferentes. La resignación siempre resta mientras que la aceptación, aun en las pérdidas, siempre suma. La aceptación puede concluir en una entrega “resignada” ante una realidad irreversible. Realidad que, aunque sea dolorosa, es siempre al final del camino liberadora y maestra, llevándonos a decir “Hágase Tu Voluntad”, “No lo entiendo, pero confío”, “Te perdono o me perdono” o  un simple “Sea”.

Termino con una frase del Dalai Lama: “Acepta. No es resignación, pero nada te hace perder más energía que el resistir y pelear contra una situación que no puedes cambiar”.

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