Cuando los hijos se convierten en los padres de sus padres

Buenos y hermosos días

Hay veces en que el orden natural de la vida se vuelve algo loco y sin sentido. Los hijos adultos se convierten en los protectores y padres de sus padres ancianos o enfermos. Las situaciones y los momentos difíciles de cambios significativos en las rutinas, los roles y la autoridad usual de la familia nos crean tensiones y nos causan sufrimientos por doquier. Eventos, imágenes, nuevas realidades y transiciones que nos sacuden violentamente la vida al no saber cómo aceptarlas y manejarlas efectivamente.

La pérdida de la salud, la movilidad, la energía, la mente activa y la independencia van a ir disminuyendo con el correr del tiempo para la mayoría de las personas. Nuestros padres no son la excepción. Esa disminución y deterioro general del funcionamiento activo de la vida con el pasar de los años puede ocurrir para algunas personas de forma gradual y hasta imperceptible. Al final de cuentas, todos vamos para viejos. Los accidentes, las enfermedades serias que amenazan la vida y los eventos traumáticos pueden, por otro lado, llevarse en un instante o en poco tiempo nuestra salud, autonomía y estilo de vida.

Generalmente podemos cuidar y atender a nuestros padres en dos tipos de entornos diferentes: viviendo juntos con ellos en el mismo hogar o viviendo separados al dejar que ellos residan en otro lugar diferente a nuestra residencia. Ambas situaciones y entornos de vida traen consigo una maleta repleta de retos, cambios, responsabilidades, alegrías y aprendizajes. Los hijos deben educarse sobre los beneficios, las desventajas, las ventajas y los riegos de las diferentes opciones de vivienda y alternativas de cuido para sus padres ancianos y enfermos.

Es normal y natural que todos, en mayor o menor grado, nos aferremos a lo conocido y a sus rutinas y desconfiemos de las transiciones y los cambios venideros, sobre todo aquellos relacionados con la edad. La mayoría de los ancianos se aferran a su casa, estilo de vida, vecindario, rutina, labores y libertad hasta el máximo tiempo posible. Sin embargo, con el tiempo comienzan a surgir ciertas alertas de seguridad que nos hacen dudar si ellos pueden seguir viviendo solos: el dejar las puertas, los portones y las ventanas abiertas, las estufas prendidas y las llaves perdidas, así como el riesgo de las caídas, los accidentes y los robos. Comienzan a olvidárseles  ciertas cosas rutinarias. Quitarles las llaves del carro pues ya no es seguro que guíen solos suele ser un gran reto.

El cuidado de los padres cuando aún están viviendo en sus casas suele traernos una carga de trabajo adicional. Entre las tareas usuales se encuentran el mantenimiento y la limpieza de su casa, la compra de los alimentos, el pago de los servicios de agua y electricidad, las llamadas y visitas a cualquier hora para atender crisis o para asegurarnos de que todo está bajo control y las reparaciones repentinas, pues la lavadora, nevera, televisor, estufa y otros enseres parece que toman turnos cada mes para dañarse. Tenemos de repente la responsabilidad de sostener una casa adicional a la nuestra.

El llevarnos a nuestros padres ancianos o enfermos a vivir en nuestras casas con la familia, por otro lado, nos trae otro baúl repleto de distintas alegrías, retos, y complicaciones. Muchas veces tenemos que fungir como mediadores entre las distintas generaciones y edades que viven bajo un mismo techo. Algunos de los problemas usuales están relacionados con lo siguiente:

  • Problemas entre los demás hermanos, pues siempre se piensa que la carga no es equitativa. Si la mudanza conlleva que el hijo que lo atiende también maneje las cuentas bancarias el problema se complica.
  • Problemas con la familia, la pareja y los hijos, que vienen de la mano con la llegada del nuevo miembro a la casa:

Reducción del espacio físico familiar, pues hay que dejarle un cuarto al abuelo o a la abuela.

Problemas de autoridad, pues ahora el abuelo o la abuela quiere opinar y dar órdenes que cambian en ocasiones las reglas familiares existentes.

Reducción del tiempo libre y las actividades fuera de la casa, pues si el abuelo no quiere o no puede salir, alguien se tiene que quedar a cuidarlo.

  • Actitudes negativas de parte del padre que fue obligado a dejar su casa y no desea cooperar.

El cuidado y la atención de los padres en su vejez pueden llevarse a cabo mientras ellos vivan de forma independiente o semindependientes en sus propias casas, hogares de ancianos, égidas o centros de retirados o mientras vivan bajo el mismo techo con alguno de sus hijos o familiares.  Cada caso es particular y debe decidirse en familia la mejor alternativa.  Al final de cuentas, pienso que la vivienda o el lugar de su estadía no es necesariamente lo más importante en su cuidado y bienestar. El esmero, las atenciones, el amor, la motivación y el frecuente tiempo dedicado para ellos, con ellos y por ellos es posiblemente lo que les resulte de mayor valor.

Existen variados problemas y complicaciones que nos inundan de muchas razones para temer, no querer o hasta rechazar la carga adicional de trabajo que el cuidado de nuestros padres ancianos o enfermos nos trae en la ajetreada rutina de nuestros días. Existe, sin embargo, una razón fundamental para en la mayoría de los casos aceptar y abrazar los retos que llegan de la mano del cuidado y la atención de nuestros padres: honrar, respetar, custodiar, valorar y amar a quienes nos dieron la vida. Nos toca el turno de atender, igual o mejor, a quienes en su tiempo nos cuidaron, protegieron y criaron de la mejor manera que pudieron y sabían hacerlo. Perdonemos las rencillas pasadas que nos laceran el espíritu y quebrantan nuestra paz y asumamos en lo posible nuestra responsabilidad filial.

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