Buenos y hermosos días
El nacimiento de cada árbol que nos regala la naturaleza es una simple y espectacular maravilla. Cada semilla única y particular poco a poco germina, crece, madura, envejece y finalmente muere. Existen ciclos de vida similares que unen a los árboles y a las personas en etapas comunes. Todo comienza con una semilla y luego, por sus frutos, conoceremos al árbol.
Usualmente se considera que un árbol es maduro cuando florece por primera vez. Sin embargo, el hecho de haber florecido no significa necesariamente que el árbol ya pueda producir frutos. Los frutos pueden tardar un poco más en llegar.
Pienso que la madurez, más allá de ser una etapa en el ciclo de vida de las personas, es una capacidad, un potencial o una gracia con la que todos nacemos. Está y vive al alcance de todos, aunque no todos la usamos a plenitud. La madurez de una persona, para mí, no está necesariamente atada a su edad, su constitución física o mental, su personalidad, sus sueños o sus logros.
Una persona madura tiene un compromiso firme, consigo misma y con los demás, de llevar a un término pleno y final sus ideas, sus proyectos, sus servicios y su vida. Una persona madura no vive inconforme con todo y contra todos inmersa en un mar de excusas baratas y quejas, sean válidas o sean infundadas. Una persona madura, amigos, primero se acepta y se ama tal cual es para luego trabajar en convertirse y dar lo mejor de sí.
Según dicen los evangelios, “Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos”. Pienso que la reflexión de “por sus frutos los conoceréis” también aplica directamente a las personas. En el caso de los seres humanos, las semillas las relaciono con los pensamientos y los sentimientos, con todo lo que no se ve en nuestro interior, pero que termina germinando en los frutos y las flores que salen de nuestras bocas, corazones y cuerpos. Los frutos y las flores las relaciono con nuestras palabras, acciones, obras y omisiones, con todo lo que los demás escuchan, ven y sienten en el exterior.
Si nos ocupamos cada día de mantenernos sanos de mente, cuerpo y espíritu seguiremos dando buenos frutos y flores aun en las crisis, las pérdidas y los duelos. Los frutos y las flores que germinan en los momentos difíciles y en los problemas salen bañados con las lágrimas del cuerpo, la vulnerabilidad del ser y el dolor del alma. Debemos hacer un alto cada día en el frenético ritmo de vida que muchos de nosotros llevamos para reconectarnos con nuestro potencial de ser pleno y maduro.
Cada persona tiene momentos decisivos en la vida. Son instantes importantes que nos ayudan a definir “quiénes somos” y “para qué estamos aquí”. Todos pasamos en la vida por muchos momentos que nos harán reverdecer o marchitar. Las muertes, los cambios, los traumas y las transiciones muchas veces nos sirven de aceleradores o de agentes catalíticos en la vida. Nos ayudan a madurar.
Existen en la naturaleza muchos elementos e interacciones que hacen que los frutos de los árboles se desarrollen de manera apropiada y sana hasta madurar, sirviendo luego de alimento de vida a otros. Los rayos del sol y su energía, por ejemplo, ayudan a madurar a las uvas. De igual manera existen muchos elementos, condiciones y vivencias que hacen que las personas se desarrollen de manera adecuada y den buenos frutos.
Termino haciéndote algunas preguntas. ¿Qué te ayuda a madurar ?, Qué te impide hoy que madures?, ¿Qué tipo de frutos y flores normalmente te regalas y regalas a los demás?