Buenos y hermosos días
Hay acontecimientos que impactan de manera significativa a individuos y a sociedades. Existen personas especiales en la vida de todos. Hay personas que se cruzan en nuestras vidas por un corto o un largo tiempo y nos dejan grandes aprendizajes. Sus enseñanzas y huellas nos ayudan a forjar muchos caminos futuros.
Lo que nos llega a la mente cuando pensamos en un maestro es la imagen de una persona que enseña algo, ya sea una ciencia, un arte o un oficio, y que tiene el conocimiento y el título para así hacerlo. Son personas que dentro o fuera de un aula, plataforma virtual, anfiteatro, taller o salón de clases comparten importantes conocimientos, destrezas, información y vivencias. El docente o maestro de profesión es un importante agente de cambio social. Un servidor público que logra sembrar semillas, despertar pasiones, crear curiosidades y abrir oportunidades de futuro para millones de personas.
Un maestro, sin embargo, no es siempre esa persona con títulos y formación que nos enseña algo en un entorno formal de aprendizaje. Nuestros padres, familiares y amigos muchas veces sirven de maestros en nuestras vidas. Se comparten enseñanzas y aprendizajes entre risas, llantos, silencios, sermones, actos y omisiones. La convivencia diaria entre los seres humanos propicia el trueque natural de conocimientos y destrezas, pues todos tenemos el potencial de ser maestros y alumnos cada día. Asociamos usualmente a nuestros maestros con todas aquellas personas que nos ayudan, alientan, enseñan y apoyan de una manera positiva en la vida.
Existen otras personas a las que asociamos con lo malo y lo negativo en nuestras vidas. Personas que nos hieren, nos calumnian, nos ignoran y nos hacen sufrir. Individuos o grupos, conocidos o desconocidos, que nos causan grandes “daños” sacándonos a la superficie corajes, enojos, envidias, venganzas y miedos. Seres humanos que nos causan dolor, malos ratos y lágrimas.
Amigos, les aclaro que todas esas personas que nos causaron algún mal son también nuestros maestros. Muchas veces esas personas actúan como espejos de nosotros mismos al enfrentarnos a realidades internas, miedos y emociones que ignoramos o pretendemos ignorar. Son personalidades y estilos que nos molestan y nos tocan sensibles fibras. Son relaciones y vivencias que nos causan fuertes reacciones que de alguna forma podrían estar resonando con un algo o un alguien de un evento pasado todavía inconcluso.
Esas personas de aparente impacto negativo también son nuestros maestros, pues nos enseñan todo lo que no queremos ser y no queremos causar en otros. Aprendemos con su ejemplo todo lo que deseamos evitar. Aprendemos con sus actos y personalidades a apreciar y valorar lo que tenemos y a quienes tenemos en nuestras vidas. El ser maestro no es exclusivo de las personas. Hay obras, eventos, monumentos, hazañas, maravillas de la naturaleza y animales que también son grandes maestros. Muchas veces nos enseñan sin palabras, instrucciones ni asignaciones unas grandes lecciones o nos recuerdan pequeñas realidades.
Las pérdidas, los traumas, los cambios y los duelos también son grandes maestros. Eventos usuales o inusuales que nos traen enseñanzas. Las caídas, las separaciones y los fracasos de la vida, aunque dolorosos, siempre regalan profundos aprendizajes a quienes están dispuestos a buscarlos entre las lágrimas, la tristeza, los sufrimientos y los corajes.
Los movimientos sociales, religiosos y políticos ofrecen a través de la historia muchos ejemplos de personas que nos han dejado influyentes legados. Vidas ejemplares que regalan con su sabiduría un modelo y un camino a seguir más allá de los distintos tiempos y épocas. En el aspecto religioso o espiritual, por ejemplo, existen grandes figuras consideradas como maestros de maestros, iluminados o mesías por millones de personas alrededor del mundo. Figuras como Jesús, Mahoma, Siddhartha Gautama, Zoroastro, Confucio, Mahavira, Lao-Tse y muchos otros sirven de guías de enseñanzas y principios a seguir y venerar.
Te exhorto a que hagas una lista de todas aquellas personas que han sido tus maestros en la vida. Reflexiona sobre las experiencias vividas y las lecciones aprendidas con cada uno de esos maestros que ya han salido de tu vida y con los que todavía están presentes. Dale gracias a cada una de esas personas significativas en tu vida y, según sea el caso de la experiencia, dale también tu perdón por el dolor causado. Si no puedes hacerlo en persona, al menos haz el ejercicio en tu mente y tu corazón. Amigos, hagamos que el agradecer las bendiciones de los aprendizajes obtenidos y la liberación de las posibles cargas de sus sufrimientos sea una costumbre en nuestras vidas.
2 comentarios
Maravilloso artículo
Gracias por el comentario. Cuídese mucho.