Navidades sin María

Buenos y hermosos días

El periodo navideño ya nos arropa con las tradicionales luces, música, comida y algarabía boricua. Sacamos del clóset el “parranda kit”, nos ponemos los abrigos para el rico frío de la temporada, y salimos junto a familiares y amigos a fiestas y jolgorios. Este año, sin embargo, no nos acompañan como parte de los invitados María y su devastador séquito según pasó en el 2017. Su aparición y los efectos de su rítmica entrada y salida por nuestras vidas puede que no estén tan presentes hoy, pero su impacto y sus cicatrices en muchos de nosotros todavía están latentes y deben tenerse en mente.

Muchos hermanos y amigos boricuas perdieron sus casas y trabajos tras el paso del huracán María en septiembre del 2017. Gran parte de nuestros hogares, comercios y comunidades pasaron la navidad sin agua y electricidad— sin luces, adornos, guirnaldas ni árbol navideño— cerrados por falta de vida, pues la familia emigró a otros lares para suplir sus necesidades básicas, destruidos parcial o totalmente o usados como refugios comunales para alojar a otros familiares y amigos en necesidad. La música navideña se mezcló con el ruido de los generadores eléctricos mientras el olor a pasteles, lechón, coquito y arroz con dulce competía con los tufos de la gasolina y el diésel. Navidad marcada en gran parte por la carencia de lo normal y lo esperado. Además, hubo miles de personas que murieron tras el paso de María por la isla.

Según las estadísticas, cada muerte puede afectar hasta 10 personas y se calcula que alrededor del 10% de los dolientes tendrá un duelo complicado con impacto severo para su salud física y psicológica (ver referencias). El huracán María causó la muerte de 4,645 personas según un estudio de la Universidad de Harvard. Amigos, dicha cifra significa que hasta 46,450 personas fueron y siguen siendo impactadas directamente de diversas maneras por el dolor y duelo tras la partida de familiares, amigos y conocidos. Muchos de dichos duelos pueden tomar al menos 2 años de recuperación. Además de dichos duelos por muertes, están los duelos por los millones de pérdidas materiales y pérdidas intangibles.

Disfrutemos con nuestros seres queridos las celebraciones de este periodo navideño en la alegría y algarabía del momento como solo los boricuas sabemos hacerlo desde noviembre hasta pasadas las fiestas de la SANSE en enero. Bailemos y cantemos hasta “la amanezca” agradecidos de la vida y en plena conciencia del verdadero significado de las festividades. Estemos alertas, sin embargo, al contraste de nuestras realidades individuales y colectivas con las pasadas navidades y el impacto que puede tener en algunos de nosotros los duelos abiertos y ocultos de las recientes pérdidas sufridas.

Puerto Rico se alza en luz y esperanza en sus primeras navidades luego de un año del paso del huracán María. Se alza, pero no se levanta, pues nunca se cayó. Se cayó su sistema eléctrico con sus postes, centrales y cables dejándonos en total oscuridad, mas no su sentido de comunidad y solidaridad; se cayó su sistema de comunicaciones con sus torres de transmisión a través de toda la isla, mas no el apoyo de nuestros hermanos fuera de la isla y el compromiso de los cientos de trabajadores y héroes anónimos que trabajaron sin descanso en la recuperación; se cayeron nuestros árboles, palmeras, y arbustos aislando comunidades y cerrando rutas, mas no nuestras manos que unidas con machetes, picos y sierras limpiaron sendas, abrieron caminos y volvieron a sembrar; se cayeron nuestros semáforos en la mayoría de las carreteras del país, mas no la labor y la buena intención de policías, civiles y hasta deambulantes que se apostaron en las intersecciones sin luces bajo el sol candente o la lluvia inflexible para dirigir el tráfico. Puerto Rico no se cayó, pues, al final de cuentas, somos mucho más que nuestros negocios cerrados o nuestros postes, torres, semáforos, casas, carreteras y árboles tumbados en el piso. Somos el pueblo que, junto a muchas otras manos amigas, se superó en la adversidad y que, de ser necesario, volverá a hacerlo.

Vivamos a plenitud el renacimiento del poder divino, el amor y la alegría de las fiestas. Compartamos como pueblo nuestras tradiciones navideñas. Amigos construyamos la paz desde la pedagogía del servicio y el amor, primero en nuestro interior, y luego en nuestros hogares, trabajos, comunidades, países y planeta. Reconozcamos nuestros duelos y seamos empáticos con los dolientes. Dejemos a un lado la trillada cantaleta de lo mal que están las cosas en el país y los continuos lamentos por el impacto del huracán María, pero recordemos los aprendizajes y lecciones aprendidas y sigamos trabajando juntos en la recuperación de nuestra isla.

Me despido con las palabras de Olga Tañón en su video – “Que rico es poder decir que yo soy puertorriqueño”.

Olga Tañón – Yo Soy Puertorriqueño https://youtu.be/o8dkFriKveU

 

Referencias

(Prigerson, Vanderweker y Macejewski, 2007- Guía de duelo adulto para profesionales socio-sanitarios de la FMLC).

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11 comentarios

  1. Somos como el moriviví
    pequeños pero fuertes
    en la tempestadad agachado y cerrados
    y al momento erguidos y prestos para lo próximo.

    Bien dicho está…aquí nunca nos caímos
    de pie y mirando al Sol
    con La Luna en la noche
    y con El Viento en la cara!

    Gracias Sr.a Curet por mantenernos en alto y fuerte, no hay miedo que nos amilane, ni huracán que nos tumbe!

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