Buenos y hermosos días
Todos pasamos por infinidad de cambios, pérdidas y transiciones durante el transcurso de nuestras vidas. Estar en constante cambio es normal, esperado y parte de la evolución del ser humano. Cada pérdida, esperada o súbita, nos marca de manera consciente o inconsciente con el carimbo del aprendizaje mientras nos arropa y zarandea como maraca en carnaval entre emociones de tristeza, sorpresa, miedo, ira o felicidad.
Las personas usan las relaciones y los vínculos con otros seres vivos, entes y el medio ambiente para crecer y desarrollarse. El cambio o ruptura de esos lazos o vínculos afectivos suele provocar sentimientos de aflicción y duelo. El mundo en que vivimos no es estático. Tiene como constante el continuo cambio. Nuestras experiencias de cambio suelen tener un elemento de pérdida, desapego, de soltar y dejar atrás un algo o alguien valioso cuya separación nos causa dolor y tristeza. Nos resistimos a soltar lo que tenemos. Vivimos aferrados a todo aquello que creemos permanentemente nuestro aun cuando estamos diseñados para la no permanencia de la evolución y el cambio.
El concepto de pérdida conlleva la ruptura, carencia o privación de una persona, objeto, estatus o relación valiosa o significativa, sea por causa de muerte o por otras causas. El duelo es el término que indica la reacción a dicha pérdida. Hay pérdidas que causan gran impacto y dolor individual y colectivo. Otras, sin embargo, pasan inadvertidas y sin mayores penas ni glorias, como nos dice Jose Ángel Buesa en su Poema del Renunciamiento: “Pasarás por mi vida sin saber que pasaste”.
Entonces amigos lectores, ¿qué creen causa la diferencia en el impacto de un evento de pérdida? La clave está en el elemento de valor. Debe existir, consciente o inconscientemente, una relación, lazo o vínculo previo de carácter valioso y significativo con algo a alguien. La ruptura o privación de esa relación apreciada e importante es lo que nos hace caer en el dolor y pesar del duelo. Sencillo, si no era valioso o importante para ti, entonces no hay una reacción significativa de duelo y aflicción. Muchas veces nos damos cuenta del valor de una relación solo cuando ya no existe, se pierde o se va para siempre de nuestras vidas.
Las pérdidas ligadas directamente con la privación o la terminación de un vínculo básico, como la vida o la salud, se consideran primarias. Las pérdidas secundarias son sus secuelas. Algunas pérdidas secundarias en pacientes con enfermedades graves, por ejemplo, pueden estar relacionadas con su estabilidad financiera, libertad de movimiento, independencia, planes, sueños, viajes o proyectos de vida. Las pérdidas tienen múltiples impactos a corto y largo plazo. Algo así como el efecto de la caída de los dominós: la caída del primero propicia otra caída que a su vez causa otras caídas en cadena. De ese tema de pérdidas primarias y secundarias les hablaré en mayor detalle en otra ocasión.
Podemos decir que hay dos tipos generales de pérdidas:
- las pérdidas materiales y reales
- las pérdidas intangibles y abstractas
Las pérdidas materiales suelen ser las más comunes y las que reconocemos con mayor facilidad, pues son concretas, visibles, reales y tangibles. Cuando somos víctimas de un robo en nuestra casa, perdemos una pierna o un brazo en un accidente, sufrimos una quiebra económica o perdemos un objeto externo personal y significativo pasamos por un proceso de pérdida de algo tangible y real. Como sociedad estamos inclinados a identificar y reconocer este tipo de pérdidas como eventos significativos y a apoyarnos mutuamente en sus procesos de recuperación. La muerte como culminación de la vida física representa este tipo de pérdida. Las pérdidas tangibles usualmente también impactan en otros aspectos menos concretos y reales.
Las pérdidas intangibles y abstractas son de naturaleza más imprecisa, emocional y psicosocial. Hay vínculos cuya ruptura impacta de manera adversa a nuestra autoestima, sueños, ilusiones, proyectos, identidad o valores. La pérdida de una relación laboral o trabajo, además de la falta de un cheque, nos trae dudas de competencias y capacidades, trastoca la autoestima, trae sentimientos de vergüenza, afecta las emociones y cambia rutinas presentes e ilusiones futuras. Hay pérdidas emocionales atadas a rupturas de parejas o amistades. Otras están ligadas con el desarrollo y paso por las distintas etapas de la vida como infancia, adolescencia, menopausia o vejez.
Los eventos de trauma masivo como ataques terroristas, violencia, guerras y desastres naturales nos impactan de manera adversa. Dichos eventos nos causan numerosas pérdidas individuales y colectivas, tanto en bienes materiales como en valores intangibles. Las pérdidas materiales, en mayor o menor grado, pueden reponerse más rápidamente. Las pérdidas intangibles causadas por traumas en masa, sin embargo, nos dejan profundas cicatrices que jamaquean nuestros sistemas de valores y la visión de seguridad, protección y justicia de nuestras comunidades, países y mundo en general.
Las pérdidas, grandes o pequeñas, que sufrimos a lo largo de la vida son numerosas, surgen de diferentes maneras y podrían catalogarse en diferentes clases o tipos. Algunas pérdidas resultan de cambios que llegan de manera esperada, como quien vive su último día de clases, trabajo o relación de pareja. Otras pérdidas causadas por accidentes, terremotos, ataques o muertes súbitas, sin embargo, llegan como ladrón en la noche, sin previo aviso y de forma inesperada y abrupta.
Hay pérdidas que pensamos pudieron haberse prevenido o evitado, en contraste con otras que resultan imprevistas y nos toman por total sorpresa. Los eventos inesperados suelen dejar un signo de interrogación y persistentes dudas en la mente de sus afectados principales. Luego de una pérdida significativa nuestra condición humana nos lleva a cuestionarnos una y otra vez todo lo que pudimos haber hecho o dicho de manera diferente para evitar el suceso. “Sin tan solo hubiera”; “cómo no lo vi antes; “ahora todo está tan claro” junto al doloroso “pude haber”; son algunas de las frases que nos afligen constantemente y nos hacen vivir con sentimientos de culpa y vergüenza.
Según Davidson (1975), nacemos con la habilidad para adaptarnos a los cambios, pero tenemos que aprender a sobrellevar y hacerle frente a las pérdidas. Las llamadas pérdidas son eventos necesarios en nuestras vidas que nos marcan y dejan huellas como parte de nuestro caminar y desarrollo. Amigos, sigamos amando y creando relaciones y lazos valiosos, significativos y vitales con otros seres y personas aun con el temor latente del dolor que nos traerá su posible pérdida. Eso es parte de los riesgos del vivir. No podemos impedir todos los cambios, pérdidas y transiciones de vida que afectarán de formas diversas a cada uno de nosotros, nuestros seres queridos y comunidades. Sin embargo, podemos prepararnos, educarnos y planificar para ellos, asegurando que, al final del camino, el saldo y marca de todas esas huellas y duelos sean de crecimiento, aprendizaje, transcendencia y amor.
Referencias: Davidson (1975, p.28) “Death & Dying, Life & Death” de C.A. Corr & D. M. Corr (p. 147).