Héctor Ferrer: duelo por la partida de una figura pública

Hay muertes de figuras públicas que silenciosamente nos tocan una sensible fibra humana. Sentimos a nivel individual y colectivo una pérdida, pena y vacío que no siempre entendemos del todo. A fin de cuentas, el difunto no era para todos los que le lloraron un familiar o amigo cercano con quien compartían a menudo su diario vivir, penas, alegrías, y frustraciones. Entonces, ¿de dónde surge este duelo colectivo? El pueblo de Puerto Rico se unió recientemente en respeto y duelo por la partida física de un querido y respetado servidor público: Héctor J. Ferrer Ríos, presidente saliente del Partido Popular Democrático.

Algunos de nuestros valores como individuos y sociedad se identifican de manera orgánica con las figuras públicas. Vivimos y seguimos de cerca sus carreras e historias y hasta construimos, en ocasiones, elementos de nuestras personalidades alrededor de lo que ellos representan. Logramos establecer con ellos fuertes relaciones mentales, aunque no del todo reales, desde nuestros entornos. Avivamos continuamente dichas relaciones a través de los distintos medios de comunicación al leer sobre ellos o verlos y escucharlos. Las redes sociales hoy en día crean una relación más íntima entre las celebridades y su pueblo y público en general. Sus partidas físicas, repentinas o esperadas, entonces nos causan tristeza y dolor colectivo.

Por años la muerte de figuras públicas locales e internacionales ha trastocado el alma de comunidades, pueblos y países sumiéndolas en variados niveles de tristeza, desesperanza y dolor. La muerte de personas especiales en su tiempo —Roberto Clemente, J. F. Kennedy, Lady Diana, Sor Isolina, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Madre Teresa de Calcuta, John Lennon, Juan Pablo II, Michael Jackson, Joe DiMaggio, Don Cholito— nos unieron en rituales públicos de despedidas, adioses y lágrimas. Los actos funerales de muchos de ellos fueron presenciados y vistos por miles de personas en todo el mundo causando un desconsuelo colectivo. En algunos casos, fanáticos consternados llegaron al suicidio al enterarse de la noticia.

Las personas solemos identificarnos con diversos artistas, políticos, jugadores, cantantes, filántropos, músicos, religiosos, empresarios exitosos o personas comunes y corrientes que llegan y se anidan en nuestros corazones de alguna manera. Nos gustaría emular sus historias de éxito y amor, liderazgo, habilidades, entrega, superación y aquellos talentos que tanto admiramos. Sus muertes y despedidas pueden causarnos dolor, consternación y sufrimiento, principalmente por varias razones:

  • Nos recuerdan lo frágil de la existencia humana, la nuestra o la de nuestros familiares, mientras nos sirven de sonoras alarmas silenciosas que anuncian el hecho de que la misma despedida final puede ocurrirnos en cualquier momento.
  • Nos recuerdan otros momentos pasados dolorosos a causa de pérdidas, muertes y duelos significativos en nuestras vidas cuyo dolor todavía vive cocido en el ruedo de nuestras memorias.
  • Nos sumergen en un sentimiento de abandono e inseguridad, pues una figura que representaba un mundo mejor, un defensor de ideales, un ejemplo a seguir, un éxito en ciernes, un luchador o un artista nos dejó.

Héctor Ferrer logró crear en vida lazos y conexiones significativas con su familia, pueblo y colegas. Conexiones que lo llevaron a unir en muerte las voluntades solidarias de organizaciones, partidos políticos, figuras públicas y personas de diferentes ideologías y clases sociales tras su repentina partida. Un gobierno de oposición decretó un duelo oficial de 5 días mientras las redes sociales y los medios de comunicación se derramaron en mensajes de amor, reconocimiento, dolor y respeto. Reconozcamos y continuemos el legado de vida y trabajo de uno de los nuestros, apreciemos la presencia y entrega de los muchos que siguen luchando por nuestro país, valoremos la vida y las bendiciones de lo que tenemos y vivamos el día a día en armonía y sin tanta critica frívola.

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